El último frutal

Era el último árbol frutal de la huerta y estaba solo, fueron tiempos difíciles aquellos en los que brotó de la tierra como un simple tallo, al igual que sus compañeros.
Nada mas brotar fué aplastado por el frio hierro del rastrillo, muchos de sus compañeros fueron arrancados y otros quedaron deformes pero él estaba fuertemente amarrado con su raiz al suelo y aunque dañado, siguió viviendo.
Creció y disfrutó del sol y la lluvia, pero sufrió las plagas de insectos y orugas que devoraron sus hojas y taladraron su tronco. Algunos de sus amigos sucumbieron ante estos ataques y se secaron, pero él pudo, con mucho sufrimiento, recuperarse de sus lesiones y echar nuevas hojas y brotes.

Una primavera que llegó muy temprana nuestro árbol recibió el calor de los rayos de sol, el frescor de las gotas de rocio y pensó que podría dar fruto y así lo hizo, pero los hermosos frutos incipientes que habían aparecido en sus ramas fueron golpeados y desgajados del árbol cuando el tiempo cambió bruscamente y el granizo y las heladas dejaron sentir su fuerza.
Algunos de sus compañeros que habían conseguido sobrevivir, al ver esto quedaron tan dañados e impresionados que ya nunca fueron capaces de producir frutos en el resto de sus vidas.
Abatido, desgarrado, nuestro árbol estuvo a punto de caerse pero el hortelano le puso una horquilla para que no se cayera y poco a poco fué recuperándose, una nueva primavera, verano, otoño, invierno y volvieron a brotar hojas en sus ramas, engrosó algo su tronco y creció en altura.

Al año siguiente brotaron muchas hierbas y la cosecha no fué tan buena como algunos hubieran deseado por lo que decidieron que había que echar veneno para matar las hierbas y al hacerlo no se percataron de que el veneno también dañaría a los árboles, como así sucedió. Todos resultaron dañados, la mayoría se secaron, algunos quedaron casi secos y con muy pocas hojas y la contaminación del aire, el cambio de temperaturas y los periodos de sequía terminaron por matarlos.
Nuestro árbol se estaba secando, la mayoría de sus raices se habían ya secado, sus ramas permanecían en su sitio aparentando no enterarse del profundo mal que le corroía en lo más hondo, hasta que aquella misma primavera, que iba a ser la última para él, una florecilla que había brotado cerca de donde él estaba le avisó de lo que estaba sucediendo en el suelo, bajo tierra, donde ella tenía buena vista y desde ese momento se hicieron amigos.

El árbol, aterrado, tomó conciencia de la enfermedad que le aquejaba y trató de agarrarse fuertemente al suelo con las pocas raices que le quedaban sanas. En su esfuerzo perdió casi todas sus ramas que fueron desgajadas con los vendavales del otoño y el invierno siguientes, quedando reducido al tronco, algunas pocas raices y poco mas, sin embargo no murió, consiguió sobrevivir y a la primavera siguiente la flor brotó de nuevo y él también mostró una ligera tonalidad rojiza en uno de sus muñones y brotaron tímidamente unas pocas hojas que durante aquella primavera y el verano dieron algo de sombra a su amiga la flor para evitar que el calor excesivo la marchitara.

En los años siguientes la amistad continuó y el arbol recuperó algo de su frondosa apariencia, aunque el tronco y las raices algo secas en algunas de sus partes recordaban los avatares de su vida.
Su amistad con la flor y la salud algo recuperada le animaron y recordó una vez mas que podría dar fruto porque en definitiva ese es el fin más bonito al que todo árbol debe aspirar, así lo hizo ese verano y esta vez tuvo más suerte y sus frutos no fueron desperdiciados. Hubo avatares como siempre, lluvia, viento, frío, insectos y demás, pero ahora nuestro árbol se había fortalecido, era mas robusto y soportaba mejor estos ataques.
Así durante los siguientes años siguió dando frutos y pudo disfrutar de la vida junto con su amiga la flor, pero había algo que ensombrecía este gozo y es que él era el único árbol frutal que había en la huerta, otros nuevos vendrían pero de los antiguos sólo él quedó.


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